LOS HERRORES HORTOGRÁFICOS

[“Reblogeado” de  www.robertoecheto.blogspot.com ]

¿Saben qué aterra a las personas ligadas a las letras? Los errores ortográficos. En todo lo que he escrito, editado o corregido se han colado infinitas catástrofes gramaticales: acentos que no se pusieron, comas que no iban donde fueron puestas, cacofonías producidas por verbos que terminan igual… En fin: errores que no me dejan dormir en paz y que me hacen soñar escenas espantosas como ésta que paso a contarles.

Estaba yo revisando un libro que me tocó corregir y de pronto me doy cuenta de que por cada error ortográfico que consigo, se me afloja un diente. Al principio no le doy mucha importancia. Me digo que Ismael, un amigo de mi infancia que es odontólogo, puede ponerme dientes nuevos, si se lo pido. Lo malo es que, en el sueño, sigo con mi lectura y sigo topándome con errores de todo calibre. Los dientes se me caen. Primero los de abajo y luego los de arriba. Mi apariencia queda reducida a un estado tan lamentable que ni siquiera el doctor Ismael puede ayudarme a recuperarla. Ahí me despierto y me percato de que, gracias a Dios, mi dentadura está completa.

Del sueño que no era sueño, sino pesadilla, me quedan la angustia por mis dientes y la certeza de que el trabajo de corrección de un material escrito es una tarea tan engañosa como difícil. Tú te lees el cartapacio tres o cuatro veces y, sin embargo, hay errores que se quedan agazapados en la maleza de letras como el soldado de élite que se camufla en el paisaje. Las ciencias digitales tampoco ayudan. Nada menos perfecto y confiable que el corrector que incluye el software de las máquinas. Así que el escritor no puede hacer otra cosa que creer en sí mismo, en su novia o en el editor para que la nueva obra no sea un alijo de imperfecciones gramaticales, y como somos humanos, ustedes ya saben… Lo malo es que las máculas terribles que quitan el sueño y producen pesadillas dentales, a veces son inmunes a las novias letradas y a los editores graduados en alguna universidad catalana.

Claro. Hay errores de errores. No es lo mismo escribir cajón con g que poner una mayúscula donde no va. Igual este argumento no satisface a los lectores exigentes para quienes los errores no sólo son errores, sino distractores de la lectura, elementos que perturban la continuidad y la concentración que son necesarias en todo acto lector. Tienen razón de molestarse y de reclamar tanto desaguisado. ¿Qué más quieren que les diga?

Así como hay herrores de herrores, hay hescritores de hescritores que no saben usar los signos de puntuación. Si ustedes quieren saber si un escritor es un escritor de verdad (y no un hescritor), pregúntenle si sabe usar el punto y coma.

Creo que nunca les he contado que uso Constantine (sí, la de Keanu Reeves) para saber si la gente con la que hablo puede ser amiga mía o no. Tal vez algún día nos encontremos por ahí y comience a hablarles sobre esa película. Si ustedes me dicen que no la vieron, no pasará nada. Pero si me dicen que la vieron y que no les gustó, pues estaremos en problemas porque algo me dirá que ustedes y yo no tenemos eso que se necesita para que una amistad prospere. Con el punto y coma hago la misma prueba. Si ustedes me dicen que son escritores, pero que nunca aprendieron a usar el punto y coma, pues olvídense. Una alarma interna me dirá que quizás tampoco les guste Constantine.

En fin, queridos lectores, que ya estamos divagando. Creo que sólo me resta ofrecerles disculpas por los errores ortográficos que salen a la luz bajo mi responsabilidad y darles las gracias por todo. Como dicen los chinos:

—¿Quiele otla celveza, chamo?

(Publicado  en www.robertoecheto.blogspot.com)

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